Marcos González, presidente de Corresponsables: “Las alianzas entre empresas y tercer sector son una herramienta estratégica de transformación”
Para empezar, desde su experiencia, ¿qué papel están jugando las alianzas entre empresas y tercer sector dentro de la RSC, especialmente en temas como la diversidad cultural?
Las alianzas entre empresas y tercer sector están dejando de ser algo puntual o reputacional para convertirse en una herramienta estratégica de transformación. Por lo menos así está sucediendo en bastantes organizaciones corresponsables, como podemos apreciar en el Anuario Corresponsables y en todo lo que hacemos y eso es una gran noticia. Aunque está claro que aún falta mucho por hacer y avanzar en esta materia para que realmente las alianzas sean estratégicas y basadas en un claro win-win.
En ámbitos por ejemplo como la diversidad cultural pero del mismo modo en otros, el tercer sector aporta algo especialmente valioso: conocimiento profundo de las realidades sociales, experiencia de intervención y una conexión directa con colectivos y desafíos que muchas empresas todavía conocen de forma limitada.
Por tanto, desde Corresponsables observamos que afortunadamente cada vez más compañías están entendiendo que no pueden abordar retos complejos como la inclusión, la cohesión social o la gestión de la diversidad únicamente desde dentro. Necesitan escuchar, colaborar y construir junto a organizaciones especializadas como Accem.
¿Está percibiendo que estas colaboraciones están influyendo en la forma en que las empresas entienden y desarrollan un liderazgo más inclusivo?
Sí, claramente. Como decía antes, cada vez vemos más líderes empresariales que comprenden que el liderazgo inclusivo no consiste solo en gestionar diversidad, sino en generar entornos donde distintas perspectivas puedan participar, aportar y sentirse representadas.
La colaboración con entidades sociales está ayudando a muchas organizaciones a desarrollar una mirada más empática, más cercana a la realidad social y más consciente de los sesgos culturales que todavía existen en el entorno laboral.
También está cambiando el lenguaje y las prioridades. Antes muchas empresas hablaban de diversidad desde un enfoque más teórico o normativo. Ahora empieza a hablarse más de escucha, pertenencia, equidad y cohesión, conceptos mucho más vinculados a la cultura organizativa y al liderazgo real.
En el día a día de las organizaciones, ¿cree que estas alianzas están ayudando a integrar mejor la diversidad cultural en la gestión de equipos y en la cultura interna?
Sin duda. Las organizaciones sociales están contribuyendo a que las empresas pasen de la sensibilización a la implementación práctica.
Esto se traduce en procesos de selección más inclusivos, formación específica para mandos intermedios, revisión de sesgos en comunicación interna, acompañamiento en políticas inclusivas y generación de espacios de diálogo más diversos.
Pero quizá el cambio más importante es cultural. Cuando la diversidad cultural se integra bien, deja de percibirse como un “tema de RRHH” y empieza a formar parte de la identidad y de la manera de trabajar de la organización.
Además, en un contexto global y multicultural, gestionar bien la diversidad ya no es solo una cuestión ética o social: también impacta en innovación, atracción de talento, reputación y capacidad de adaptación.
Desde su visión, ¿diría que este tipo de colaboración está contribuyendo a que las empresas avancen de forma más coherente en sus compromisos en sostenibilidad?
Sí, porque la sostenibilidad exige ser lo más coherentes posibles entre lo que se dice y se hace y la coherencia se demuestra especialmente en la dimensión social.
Hoy las empresas están cada vez más expuestas al escrutinio de empleados, consumidores, inversores y sociedad. Ya no basta con comunicar compromisos; es necesario demostrar impacto real y consistencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Como vemos en los medios de comunicación Corresponsables, las alianzas con el tercer sector ayudan precisamente a eso: a conectar la estrategia ESG con necesidades sociales reales y con iniciativas más auténticas, creíbles y transformadoras.
Además, aportan legitimidad y aprendizaje mutuo. Las empresas aportan capacidad de gestión, innovación y escalabilidad; las entidades sociales aportan conocimiento social, proximidad y propósito. Cuando esa colaboración es genuina, el resultado suele ser mucho más sólido y sostenible en el tiempo.
Y por último, ¿qué tendencias o ejemplos le parecen más interesantes en la relación entre empresa y tercer sector en este ámbito?
Estamos viendo varias tendencias especialmente interesantes. Por un lado, el paso de acciones aisladas a alianzas a largo plazo, donde empresa y entidad social trabajan conjuntamente en objetivos compartidos y con indicadores de impacto.
También crecen mucho las iniciativas centradas en empleabilidad inclusiva, integración sociolaboral y formación intercultural, especialmente vinculadas a colectivos vulnerables, personas migrantes o jóvenes en riesgo de exclusión.
Otra tendencia relevante es la incorporación de la diversidad cultural dentro de la estrategia global de sostenibilidad y no solo dentro de programas específicos de diversidad. Esto refleja una visión más madura e integrada del ESG.
Y, finalmente, vemos un interés creciente por medir impacto social real. Las organizaciones ya no quieren solo “hacer iniciativas”, sino entender cómo contribuyen a mejorar la cohesión, el bienestar, la inclusión y la confianza dentro y fuera de la empresa.
En ese sentido, creemos que la colaboración entre empresa y tercer sector seguirá siendo uno de los grandes motores de innovación social y sostenibilidad empresarial en los próximos años. También hay que ser muy claros. Falta mucho camino por avanzar en esta materia y este camino lo debemos hacer juntos. Precisamente por eso la alianza de Corresponsables con Accem.











La inclusión laboral de personas migrantes en situación de vulnerabilidad es una herramienta poderosa para romper ciclos de pobreza. Las empresas que apuestan por procesos de selección inclusivos y políticas de igualdad de oportunidades están contribuyendo directamente a este objetivo. Además, al generar empleo digno para colectivos en riesgo de exclusión, se fortalece el tejido social y se promueve una economía más justa. Esto mejora el entorno en el que opera la empresa, reduce tensiones sociales y refuerza su licencia social para operar.
La formación interna en competencias interculturales, la sensibilización sobre sesgos inconscientes o el desarrollo de habilidades para la gestión de equipos diversos son formas de promover una educación continua dentro de la empresa. Aprender a convivir con la diferencia también es educar. Equipos formados en diversidad son más adaptables, más creativos y más preparados para afrontar retos globales. Invertir en formación intercultural es invertir en capital humano de alto rendimiento.
Cuando se incorpora la perspectiva interseccional, se visibilizan las barreras específicas que enfrentan mujeres culturalmente diversas y de origen extranjero. Las empresas que integran esta mirada en sus planes de igualdad están dando un paso más allá en la construcción de entornos laborales realmente equitativos. La igualdad real mejora la productividad, reduce la rotación y atrae talento comprometido. Además, posiciona a la empresa como referente en responsabilidad social, algo cada vez más valorado por clientes e inversores.
La diversidad cultural enriquece los equipos, mejora la innovación y abre nuevas perspectivas de negocio. Apostar por el talento diverso no solo es justo, también es inteligente: las empresas que lo hacen están generando empleo digno y contribuyendo al crecimiento inclusivo. Los equipos diversos toman mejores decisiones y desarrollan soluciones más creativas. La diversidad impulsa la competitividad y abre puertas a nuevos mercados y públicos.
La empresa puede ser un espacio clave para reducir desigualdades estructurales: desde la revisión de procesos internos hasta la promoción de liderazgos diversos, cada acción cuenta. La diversidad cultural no es un añadido: es una estrategia para construir igualdad. Reducir desigualdades internas mejora el clima laboral, fortalece la cohesión de los equipos y reduce conflictos. Una empresa más justa es también una empresa más eficiente.
La Red #EmpresasQueSuman, impulsada por DIVEM, es un ejemplo de cómo las alianzas entre empresas comprometidas pueden generar impacto colectivo. Compartir buenas prácticas, aprender de otras experiencias y sumar esfuerzos es esencial para avanzar en los ODS desde lo local. Estas alianzas permiten generar sinergias, aumentar la visibilidad y acceder a recursos compartidos. La colaboración entre empresas responsables multiplica el impacto y refuerza el posicionamiento estratégico.
